EL OFICIO DE LAS LETRAS

 La actividad de destacar el oficio de las letras no es algo de hoy en día. Ya Cervantes hacía el ejercicio de ponderarlo frente al de las armas. Pongo yo enfrente cualquier otro, el debate siempre está abierto porque el oficio de las letras no es medible de ningún modo objetivo. Acudiendo a las grandes verdades de la estadística, es un oficio ruinoso. En el saldo imponderable de los masajes de ego y/o fama universal, también es un ejercicio de dudosa rentabilidad. 

Todo es esfuerzo, muy poca, si la hay, remuneración. 

¿Por qué seguimos en esto entonces? no lo tengo claro. 

Primero está la obstinación del que juega a la lotería una y otra vez aún sabiendo que el universo estadístico está en su contra, que jamás le tocará, igual que a los muchos otros usuarios de los sorteos. Nos puede, me incluyo, lo deslumbrante del premio, millones caídos del cielo. En la literatura también. El premio, el parnaso (del que Cervantes también se ocupo y muy bien) está ahí, al alcance del próximo escrito. Pero como en paradoja de Zenón, la tortuga nunca puede ser superada por Aquiles. Y sin embargo, a veces, incluso a gente que conoces, se le abren, siquiera brevemente, las puertas del paraíso. Esa es la trampa de la lotería, que a uno o dos les toca. 

Y luego están los motivos menos obvios, más internos y por tanto más obscuros. A lo largo de los años de insistencia en la tecla, no puedo cifrar todo mi empeño y las muchas horas dedicadas a un ciego ejercicio de desafío al azar. Tiene que haber otra recompensa. Creo que esa recompensa está en la propia actividad literaria, el vencer un desafío, el plasmar en papel una idea, el superar un reto, las trescientas páginas, las novecientas si es un tocho de fantasía, el encontrar esa voz esquiva y efectiva como puñales de hielo. 

No es más que otra zanahoria delante del burro, pero tiene la ventaja de que es conseguible. Quizá ahí esta su problema, que detectas solo cuando descansas y dejas de ejercer el oficio durante un tiempo. Te falta algo. ¿Es droga, es hábito? no lo sé. 

Todo este largo introito no es más que para justificar que este verano he dedicado poco tiempo a la escritura y que sí, la echo de menos. Dados los paupérrimos resultados prácticos de este ejercicio, cuando me planteo el regreso a la tecla, siempre me aparece la pregunta de ¿Para qué? Nunca puedo responderla con rotundidad, la obvio y reinicio la actividad literaria por muchas decepciones que acumule y por poco tiempo libre que me vaya quedando.  

Este año no es una excepción. Pues eso, a la tecla volvemos. 

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