SUEÑOS DE FUEGO
Sueños de fuego es, en muchos sentidos, un producto a la medida de una nostalgia, la del libro que me hubiera gustado leer con 12 años. Esta vez no hay experimentos, tampoco una búsqueda de originalidad. Es un libro de magos adolescentes, solo que no es Nueva York, en un instituto de barrio, con chavales que tienen los mismos problemas y vivencias que los de un barrio obrero de una gran ciudad española.
Pero todo ello no quita para que haya magia, de dos tipos bien diferenciados: magia de la que te saca de la realidad mientras lo lees y magia de la que a ciertos lectores, como yo mismo, gusta de encontrar en los textos de fantasía, aquella que hace las leyes que dibujan el mundo sean un poco más líquidas -mucho más líquidas- que las reales.
Es un texto que creo que mucha gente puede disfrutar. Así lo espero, sinceramente. Yo lo he hecho escribiéndolo.
Pero todo ello no quita para que haya magia, de dos tipos bien diferenciados: magia de la que te saca de la realidad mientras lo lees y magia de la que a ciertos lectores, como yo mismo, gusta de encontrar en los textos de fantasía, aquella que hace las leyes que dibujan el mundo sean un poco más líquidas -mucho más líquidas- que las reales.
Es un texto que creo que mucha gente puede disfrutar. Así lo espero, sinceramente. Yo lo he hecho escribiéndolo.
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