Junio del 2008
Trabajando en Danza de tinieblas II, sin título, ni provisional todavía. Escritas unas 70.000 palabras, pendientes al menos 50.000 más.
Un capítulo, que no sé si luego irá en la versión final:
La calle olía a orines de gato. Lindaba con la judería de Lavapiés justo cuando lo alto de la colina en la que se encaramaba el centro de Madrid, comenzaba a descender hacia el río. Era un callejón infecto, que ni los judíos y sus levitas, ni los chelis consideraban más que una frontera. Un alcalde visionario, el mismo que había intentado crear otro Madrid, pero bajo tierra, había imaginado un plan urbano que consistía en tirar muchas casuchas, caserones, ruinas, corralas e incluso dos iglesias y una sinagoga, para hacer sitio y que el centro respirase mediante un par de grandes avenidas norte-sur, este-oeste, a las que adosar grandes monumentos, nuevos edificios de porte neoimperial, el estilo recargado, lleno de estatuas e innecesarios refuerzos de acero remachado.
Todo había acabado en agua de borrajas por medio de las, a veces, no muy sutiles recomendaciones de los poderes sin nombre que medraban en las sombras del imperio. El callejón había seguido siendo un infecto campo de batalla entre dos poderes silenciosos, al margen de los alguaciles, del poder imperial, de las leyes y el común de la ciudadanía, que no osaban meter la nariz en aquel rincón sin nombre.
Por supuesto, Alonso García de Castañeda, residente desde los tres años en el Real Colegio de Huérfanos de Funcionarios Reales, no conocía la historia de aquel lugar. Tenía apenas catorce años y le bastaba con haber aprendido los rudimentos de la lectura y la escritura y la más ardua, y más útil, ley de la calle.
Se alineaba junto al Judas, Moromalo, al Ruin y al Mocos, hombro delgado contra hombro, delgados pero tensos como maromas de atraque frente a la marea. Enfrente, otros chiquillos, más sucios, peor vestidos, pero con la mirada aún más torva y violenta que la suya propia.
— Jalanta, que sois jalanta de la perca, bufos, hijos de la cerda mariana.
La fila se removió ante los insultos. Alonso los paró con la mano extendida, la mirada como acero dulce. Dio un paso y los demás le imitaron. Las manos se tensaron aún más sobre el cuero de los cinturones cortando la circulación de la sangre a la piel de la mano, volviéndolas puños de nieve terrible. En el extremo, balanceándose, las pesadas hebillas de metal. La fila de los judíos no cedió un ápice. Un adoquín, medio kilo de roca granítica, partió de detrás de ellos y voló hasta estrellarse justo delante de Alonso, que lo paró poniéndole encima el peso de la bota.
Otro paso, luego otro. Las filas aguantaban. Estaban ya tan cerca que podían ver el vaho de las respiraciones, el color de los ojos, los rostros, un blanco empedrado de violencia, miedo y rabia. Estaban armados con palos, astiles de picos, simples trozos de ramas, ningún arma blanca a la vista, eso no hubiera sido noble y aún en aquella pelea de aprendices a delincuentes las normas del honor eran sagradas.
Alonso, luego no recordaría que sucedió después del último paso, tan solo su grito, que escuchó un poco sorprendido, incluso asustado. Un alarido que se emparentaba con los gritos con los que se habían construido tantas matanzas, con los que se recrearían tantas otras en el futuro. Luego todo fue una confusión de corta carrera, un cuerpo a cuerpo de cintarazos despiadados, bastonazos veloces, de dientes apretados ante el dolor de un golpe, de rabia desatada, irracional.
Más objetiva fue la visión del hombre que, embozado, observaba desde un altillo de aquella calle.
Desde el principio, los judíos habían tenido la victoria de su lado. Más experimentados, luchaban con inteligencia, con menos miedo. Por el otro lado, se les oponían los huérfanos, pura pasión destructiva, una marea de odio desatado que no conocía estrategias, pero que no daba cuartel.
Abundaron pronto los descalabros, los brazos rotos por las porras de los judíos, tres de los cinco huérfanos quedaron fuera de juego en los primeros minutos, se retiraron renqueando hacia su lado de la calle. Alonso y el chepa, casi espalda contra espalda, no cejaron. Abrumados por la nube de estacazos que tenían que esquivar y castigar con el rápido latigazo de sus cinturones hebillados. También las filas enemigas retiraron algunos soldados con cortes profundos y dolorosos en mejillas y brazos, las hebillas estaban afiladas. Al fin fueron cuatro para dos, que daban vueltas con los palos en alto, buscando un hueco. De realizar un ataque coordinado, vencerían, pero alguno de ellos resultaría mal herido, quizá un ojo menos, una mejilla abierta hasta el hueso, y eso parecía detenerlos.
Contra todo pronóstico, los defensores se miraron y, al unísono, pasaron al ataque gritando, ambos en sitios opuestos del círculo de acosadores. El Moromalo, que era bajito y desproporcionado, se deshizo de un judío arrancándole el arma con la fuerza descomunal de sus brazos. Eso le impidió parar el golpe que le cayó en la clavícula. Se escuchó partirse el hueso. El brazo izquierdo le colgaba inútil y se defendió de posteriores ataques girando el cinturón sobre la cabeza y reculando hacia las filas de los otros heridos.
Alonso golpeó una y otra vez, a derecha e izquierda, adelantándose a sus atacantes que solo pudieron parar los furiosos cintarazos y retroceder. Eso le dio el espacio que necesitaba para volverse y atacar los desprotegidos flancos de los que acosaban al Moromalo. Sorprendidos, quizá con alguna costilla rota, los judíos gritaron, se medio volvieron protegiéndose con los astiles elevados, pero el cuero era mucho más rápido, recibieron cortes en la cara y golpes veloces y dolorosos en las piernas, suficientes para reventar la tela y la piel de los juboncillos.
Los judíos vacilaron frente a aquel demonio incansable, todos menos uno, bajito y que no había participado mucho de la lucha. Por el porte y las cicatrices, se adivinaba de más edad. Le bastó una pedrada certera que impactó justo sobre la ceja izquierda. Alonso vaciló, la mirada enrojecida. Las piernas se negaron a sostenerle y cayó de rodillas sobre el empedrado, aún esforzándose por hacer girar el cinturón, pero las fuerzas se le iban rápido, vacilaba. Los judíos se acercaban, cojeando, sangrando, y en la mirada llevaban algo más que una pelea fronteriza.
Sonó un silbato, una nota aguda. Todas las jóvenes cabezas se volvieron al sonido, excepto Alonso que caía en la inconsciencia, bañado el rostro de sangre. Eran los alguaciles, y ellos sí que sabían usar las porras de acero recubierto de goma e incluso los Villegas si llegaba el caso. Era una batalla que ninguno quería librar, desaparecieron en breves instantes arrastrando a sus heridos. Adelmón, Moritomalo, cargó a Alonso en sus anchas espaldas y, cojeando, tenía una pierna más corta que la otra, se lo llevó de allí.
El hombre en el altillo dejó de soplar y anotó un par de nombres en su cuadernillo. Luego descendió desde la azotea a la calle y caminó por las calles del centro.
Si alguien se hubiera atrevido a mirarlo de cerca, podría haber dicho que había sufrido algún tipo de accidente, tenía largas cicatrices en las mejillas que la sombra de su sombrero apenas podía tapar, pero nadie en Madrid se la jugaba posando miradas indiscretas en hombres medio embozados, menos de madrugada y aún menos en aquel barrio.
Un capítulo, que no sé si luego irá en la versión final:
La calle olía a orines de gato. Lindaba con la judería de Lavapiés justo cuando lo alto de la colina en la que se encaramaba el centro de Madrid, comenzaba a descender hacia el río. Era un callejón infecto, que ni los judíos y sus levitas, ni los chelis consideraban más que una frontera. Un alcalde visionario, el mismo que había intentado crear otro Madrid, pero bajo tierra, había imaginado un plan urbano que consistía en tirar muchas casuchas, caserones, ruinas, corralas e incluso dos iglesias y una sinagoga, para hacer sitio y que el centro respirase mediante un par de grandes avenidas norte-sur, este-oeste, a las que adosar grandes monumentos, nuevos edificios de porte neoimperial, el estilo recargado, lleno de estatuas e innecesarios refuerzos de acero remachado.
Todo había acabado en agua de borrajas por medio de las, a veces, no muy sutiles recomendaciones de los poderes sin nombre que medraban en las sombras del imperio. El callejón había seguido siendo un infecto campo de batalla entre dos poderes silenciosos, al margen de los alguaciles, del poder imperial, de las leyes y el común de la ciudadanía, que no osaban meter la nariz en aquel rincón sin nombre.
Por supuesto, Alonso García de Castañeda, residente desde los tres años en el Real Colegio de Huérfanos de Funcionarios Reales, no conocía la historia de aquel lugar. Tenía apenas catorce años y le bastaba con haber aprendido los rudimentos de la lectura y la escritura y la más ardua, y más útil, ley de la calle.
Se alineaba junto al Judas, Moromalo, al Ruin y al Mocos, hombro delgado contra hombro, delgados pero tensos como maromas de atraque frente a la marea. Enfrente, otros chiquillos, más sucios, peor vestidos, pero con la mirada aún más torva y violenta que la suya propia.
— Jalanta, que sois jalanta de la perca, bufos, hijos de la cerda mariana.
La fila se removió ante los insultos. Alonso los paró con la mano extendida, la mirada como acero dulce. Dio un paso y los demás le imitaron. Las manos se tensaron aún más sobre el cuero de los cinturones cortando la circulación de la sangre a la piel de la mano, volviéndolas puños de nieve terrible. En el extremo, balanceándose, las pesadas hebillas de metal. La fila de los judíos no cedió un ápice. Un adoquín, medio kilo de roca granítica, partió de detrás de ellos y voló hasta estrellarse justo delante de Alonso, que lo paró poniéndole encima el peso de la bota.
Otro paso, luego otro. Las filas aguantaban. Estaban ya tan cerca que podían ver el vaho de las respiraciones, el color de los ojos, los rostros, un blanco empedrado de violencia, miedo y rabia. Estaban armados con palos, astiles de picos, simples trozos de ramas, ningún arma blanca a la vista, eso no hubiera sido noble y aún en aquella pelea de aprendices a delincuentes las normas del honor eran sagradas.
Alonso, luego no recordaría que sucedió después del último paso, tan solo su grito, que escuchó un poco sorprendido, incluso asustado. Un alarido que se emparentaba con los gritos con los que se habían construido tantas matanzas, con los que se recrearían tantas otras en el futuro. Luego todo fue una confusión de corta carrera, un cuerpo a cuerpo de cintarazos despiadados, bastonazos veloces, de dientes apretados ante el dolor de un golpe, de rabia desatada, irracional.
Más objetiva fue la visión del hombre que, embozado, observaba desde un altillo de aquella calle.
Desde el principio, los judíos habían tenido la victoria de su lado. Más experimentados, luchaban con inteligencia, con menos miedo. Por el otro lado, se les oponían los huérfanos, pura pasión destructiva, una marea de odio desatado que no conocía estrategias, pero que no daba cuartel.
Abundaron pronto los descalabros, los brazos rotos por las porras de los judíos, tres de los cinco huérfanos quedaron fuera de juego en los primeros minutos, se retiraron renqueando hacia su lado de la calle. Alonso y el chepa, casi espalda contra espalda, no cejaron. Abrumados por la nube de estacazos que tenían que esquivar y castigar con el rápido latigazo de sus cinturones hebillados. También las filas enemigas retiraron algunos soldados con cortes profundos y dolorosos en mejillas y brazos, las hebillas estaban afiladas. Al fin fueron cuatro para dos, que daban vueltas con los palos en alto, buscando un hueco. De realizar un ataque coordinado, vencerían, pero alguno de ellos resultaría mal herido, quizá un ojo menos, una mejilla abierta hasta el hueso, y eso parecía detenerlos.
Contra todo pronóstico, los defensores se miraron y, al unísono, pasaron al ataque gritando, ambos en sitios opuestos del círculo de acosadores. El Moromalo, que era bajito y desproporcionado, se deshizo de un judío arrancándole el arma con la fuerza descomunal de sus brazos. Eso le impidió parar el golpe que le cayó en la clavícula. Se escuchó partirse el hueso. El brazo izquierdo le colgaba inútil y se defendió de posteriores ataques girando el cinturón sobre la cabeza y reculando hacia las filas de los otros heridos.
Alonso golpeó una y otra vez, a derecha e izquierda, adelantándose a sus atacantes que solo pudieron parar los furiosos cintarazos y retroceder. Eso le dio el espacio que necesitaba para volverse y atacar los desprotegidos flancos de los que acosaban al Moromalo. Sorprendidos, quizá con alguna costilla rota, los judíos gritaron, se medio volvieron protegiéndose con los astiles elevados, pero el cuero era mucho más rápido, recibieron cortes en la cara y golpes veloces y dolorosos en las piernas, suficientes para reventar la tela y la piel de los juboncillos.
Los judíos vacilaron frente a aquel demonio incansable, todos menos uno, bajito y que no había participado mucho de la lucha. Por el porte y las cicatrices, se adivinaba de más edad. Le bastó una pedrada certera que impactó justo sobre la ceja izquierda. Alonso vaciló, la mirada enrojecida. Las piernas se negaron a sostenerle y cayó de rodillas sobre el empedrado, aún esforzándose por hacer girar el cinturón, pero las fuerzas se le iban rápido, vacilaba. Los judíos se acercaban, cojeando, sangrando, y en la mirada llevaban algo más que una pelea fronteriza.
Sonó un silbato, una nota aguda. Todas las jóvenes cabezas se volvieron al sonido, excepto Alonso que caía en la inconsciencia, bañado el rostro de sangre. Eran los alguaciles, y ellos sí que sabían usar las porras de acero recubierto de goma e incluso los Villegas si llegaba el caso. Era una batalla que ninguno quería librar, desaparecieron en breves instantes arrastrando a sus heridos. Adelmón, Moritomalo, cargó a Alonso en sus anchas espaldas y, cojeando, tenía una pierna más corta que la otra, se lo llevó de allí.
El hombre en el altillo dejó de soplar y anotó un par de nombres en su cuadernillo. Luego descendió desde la azotea a la calle y caminó por las calles del centro.
Si alguien se hubiera atrevido a mirarlo de cerca, podría haber dicho que había sufrido algún tipo de accidente, tenía largas cicatrices en las mejillas que la sombra de su sombrero apenas podía tapar, pero nadie en Madrid se la jugaba posando miradas indiscretas en hombres medio embozados, menos de madrugada y aún menos en aquel barrio.
He de decir que este adelanto se mantiene en la misma línea que la primera novela, y promete emociones similares.
ResponderEliminarPor cierto que, tras leer este post, dediqué uno en el mío a "Danza De Tinieblas" (http://luismiguezilustrador.blogspot.com/2008/08/danza-de-tinieblas.html). De eso ya ha pasado algo de tiempo... No estaría mal poder disfrutar de nuevas entradas, aunque no sean tan amplias como esta...
Vaya, siento no haber entrado antes en el blog, la verdad es que lo tengo algo abandonado. Como excusa usaré que estoy tan liado con la segunda parte que no he tenido tiempo ¿cuela?.
ResponderEliminarY siento especialmente no haber leído y aprobado antes el comentario por qué también he podido ver la entrada y el estupendo dibujo que has hecho de Salamanca. Me ha encantado.
¿Puedo poner un enlace en la web?
Qué envidia, me encantaría dibujar así y sacarme de la cabeza el montón de imágenes de la ucronía que tengo.
¿Un link? Por favor. Propongo un intercambio.
ResponderEliminarGracias por los elogios y ya te contaré, espero, lo que me ha parecido la novela. La verdad es que está llena de imágenes increíbles. Un saludo.